domingo, 14 de agosto de 2016

George R. R. Martin como creador, por Paula Ruggeri

Había una vez un autor preocupado por escribir la Gran Novela Americana. Y había una vez un autor deseoso de crecer y contar más y mejores historias. Ninguno de los dos eludió los conflictos éticos que plantea ser humanos, pero el segundo de ellos es quien nos ocupa, aunque es coterráneo del autor de las Grandes Novelas Americanas, y eso, lógicamente, en un comienzo, siendo un adolescente en los sesenta, tuvo su importancia.

En la década del ochenta, cuando los Mailer y el Nuevo Periodismo se hacían viejos sin enterarse, cuando habían logrado imponer un naturalismo literario que no dudaba en sacrificar a personas reales como inmolaciones necesarias a un literatura convertida en Minotauro Sagrado, un autor de New Jersey llamado George, escribía el relato “Retratos de sus hijos”.
Es el cuento de un escritor de ficción que no duda en quebrar el lazo familiar más profundo para tener una buena historia. Hasta ahí, una historia como tantas que en nombre de una falsa religión literaria se concretan, incluso hoy. Pero Martin cuenta lo que no se ve, el inmenso dolor causado, y el vulgar interés, nada sagrado, que motivó esa violación… Y como fantasmas en la noche, las creaciones del escritor llegan para enfrentarlo a la realidad.
Detrás de los grandes conflictos narrativos subyacen esos choques entre la vida y la ética que caracterizan el oficio de ciertos autores. Mientras lo correcto, lo bueno, lo auténtico, nos sobrevuelan, a ras del piso la vida cuenta otras historias. Curiosamente, Martin elige ese espacio. La Fantasía, buena protección para el lector cuando aparece lo cruel, también es un magnífico terreno de prueba para que un narrador juegue con la construcción de un imaginario. Y se diferencia de otra fantasía, el modelo devenido de la historia de caballería, que ignora con artístico desdén el ras del suelo y nos sigue narrando la vida y la muerte como poesía, épica y no ética. Pero inevitablemente, el mundo platónico de lo bueno y lo justo entra en colisión con los deseos y la cultura, y se produce el conflicto.

Y el conflicto es la narración. Principio, nudo y fin. Noción aristotélica que debemos estar preparados para actualizar, sobre todo porque es el axioma principal del censor revestido de maestro. Todos conocemos autores que defienden su único punto de vista como sacerdotes de una religión, que lleva su propio nombre. Son fenómenos recurrentes, alimentados por la Máquina de la letra impresa. Pero los que nos nutren, y más importante, trabajan para nuestro descanso, son inquietos, cambian de escenarios, juegan a tomar variados puntos de vista en una misma trama, y no se conforman con verse sólo a sí mismos en el espejo cotidiano de cada mañana.
La fantasía puede ser existencial, puede ser profunda y casi antropológica, pero difícilmente nos aburra, y el guante con que nos golpea, si lo hace, tiene esa textura onírica del viejo teatro de Aristóteles, lloraste y reíste en las gradas, y luego te saludan las Máscaras, repentinamente humanas y amables, y te dejan bajando del escenario a tierra, despacio, dejando que coloques esta noche, como cada noche, el señalador en el tomo viejo o nuevo, lo apoyes en la mesa de luz, y apoyes la cabeza para dormir.
Hay un potente desarrollo dramático en la narrativa de Martin, suelen ser los personajes, su interior, su definición y sus conflictos, quienes llevan adelante la trama, y no se escabulle de la crueldad, aún cuando siempre constituye un riesgo con el lector, pero el Lector, figura genérica que incluye realidades y subjetividades totalmente diferentes, y hasta idiomas y ciudades tan lejos de New Jersey cómo, pongamos, Buenos Aires, donde esto se escribe, el lector lo adoptó, y se llevó los libros de Martin a su casa.
Una frase del novelista argentino Roberto Arlt habla del escritor que avanza a pura prepotencia del propio trabajo. Es bueno difundirla, ya que a veces los señores del marketing y sus novelistas desvirtúan hasta el sentido mismo de la palabra escritor. Es decir, entre los libros que se venden, algunos están escritos por escritores. Los de Martin, por ejemplo.
Comienzo, conflicto y desenlace, dijo Aristóteles. Pero nada dijo de prosas hipnóticas, ni de páginas que avanzan como rectas imparables.

Así que tenemos comienzo, y tenemos conflicto, pero el fin no está claro. Porque el conflicto de Martin continúa, se potencia, echa raíces y crece como el junco, y entonces, estamos en presencia de la saga personal de George R. Martin, que toma su primera forma, crece y toma consciencia de sí misma en estos cuentos.

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