miércoles, 29 de abril de 2015

La medicina en el año 2000, por Miguel Gabarain


Este artículo fue publicado originalmente en el diario porteño La Prensa, el 11 de diciembre de 1932. Su autor, el médico español Manuel Gabarain, no sólo hace una prospectiva de los avances médicos sino de todos los cambios sociales, presentando un modelo de sociedad que también puede encontrarse claramente reflejado en parte de la ciencia ficción que se escribía entonces.

Especial para La Prensa
Madrid, 1932.

Aspiraciones, métodos y constancia son comunes en la profesión médica de todas las comarcas. En su pabellón está inscripto aquello que debe ser la regla de la vida de todas las naciones: fraternidad y solidaridad.
Abraham Jacobi


Si dejamos, de una parte, libre el vuelo a la necesaria fantasía, y si pesamos, de otra, el valor de los hechos conocidos en función de la velocidad uniformemente acelerada del progreso, podremos imaginar lo que será la medicina futura. Podremos equivocarnos en el emplazamiento, y resultar que lo que predecimos para el año 2000 suceda unas décadas antes o unas décadas después, pues no poseemos la razón numérica de esta progresión, y solamente conocemos las posibilidades de los caminos emprendidos y la mayor o menor urgencia de los huecos a llenar; pero, sin duda, estamos en vísperas de un avance tan gigantesco, hemos adquirido tan importantes conocimientos en estos últimos años, que el organismo humano llegará a ser manejado por la ciencia como la sencilla maquinaria de un reloj. La medicina, la más antigua forma del saber humano, se encuentra en un momento tan crítico, que el porvenir de la humanidad le pertenece con más títulos que a todas las demás actividades científicas reunidas. No pecamos de exageración al afirmarlo de un modo tan rotundo. Si analizamos con un poco de atención las raíces donde asienta la causa de la enorme crisis que atraviesa el mundo, veremos que se nutren de sustancia médica. La desaparición de las enormes epidémicas que diezmaban constantemente los pueblos, la disminución fabulosa de la mortalidad, los beneficios de la higiene en todos sus aspectos, la depuración de la sensibilidad humana, los principios democráticos y la legislación del trabajo, etcétera, han sido los principales factores de esta crisis: el aumento de población y los problemas sociales. Todos, o casi todos los descubrimientos que luego han sido la base del progreso industrial, proceden de la actividad desplegada por los hombres en bien de la salud y para combatir la fatiga. Y ante el pavoroso porvenir de los hombres, cegados en el afán de agruparse donde no hay sitio para tantos, el médico dice al Estado: mi ciencia ha hecho que el mundo civilizado cuente hoy con una población tres veces mayor que hace setenta años; hay pueblos, como Java, que tienen 400 habitantes por kilómetro cuadrado; en el Japón nacen cuatro ciudadanos por minuto; muchos millones de seres nacen para morir de hambre o para matar de una manera violenta; si quieres que conserve a tus súbditos sanos y fuertes, deja a un lado tus ilimitadas ambiciones, no premies a las familias numerosas y entabla una enérgica política eugenética. La población del mundo estaba regulada por un morir incesante que yo he atenuado para evitar el dolor inútil; ahora te toca a ti atenuar un crecimiento que ya no está justificado por aquella prodigalidad compensadora.
            A fines de siglo, las infecciones serán un simple recuerdo. La tuberculosis, que hoy mata decenas de millones de seres, habrá desaparecido por completo. Lo mismo habrá sucedido con la avariosis y el cáncer. La mortalidad infantil —hoy mueren, antes de cumplir un año, más de la mitad de los niños que nacen— será imposible. No se permitirá que nazcan seres enfermos o tarados, pues sólo tendrán el derecho y el deber de darlos quienes ofrezcan las garantías absolutas. Se dispondrá completamente de la investigación de la paternidad. Las leyes más rigurosas e importantes serán las sanitarias. Las ciudades estarán libres de toda clase de parásitos y epidemias. No habrá más enfermos que los del sistema nervioso, del aparato circulatorio y los intoxicados. Habrá muchos sordos y enfermos de la vista. Las gentes conservarán su dentadura y su pelo hasta el final de su vida. Contra lo que se supone, la vida media se habrá acrecido de una manera notable. Será, aproximadamente, de 55 años. La medicina, que será casi exclusivamente profiláctica, evitará la diabetes, las supuraciones y las enfermedades del riñón y del hígado. La ciencia médica tendrá una ramificación importante, que será ejercitada por personal subalterno: la medicina y la cirugía estética. Se podrá tener la piel, el pelo y los ojos del color que se desee. Se podrá ser, a voluntad, alto o bajo, gordo o delgado, trabajador o perezoso, emocionable o indiferente, comilón o inapetente, e incluso varón o hembra. Se podrá detener la evolución de las edades. Se podrá dormir o no dormir, según convenga.
            Como dice Marañón, el descenso de la mortalidad infecciosa, desde hace veinte siglos a la actual, está compensado por una línea inversa, ascendente, de muertos en el acto de desplazarse de un lugar a otro de la Tierra. El “cupo necesario de muertos” se completará con los accidentes traumáticos.
            También aumentará el número de muertos por “shock” emotivo, pues el tendón de Aquiles del hombre será su delicadísima sensibilidad, aguzada, por la carencia de dolor, pues el mismo dolor del parto será un recuerdo mitológico. Se verá caer muerto en medio de la calle a un ciudadano por el simple hecho de haberle llamado imbécil. Pero esta clase de muertes por inhibiciones reparables, se combatirán eficazmente por la resurrección terapéutica, del mismo modo que se vuelve hoy a la vida a los asfixiados, con la respiración artificial. Se facilitarán certificados de muerte transitoria para los efectos penales. Y se acusará: “Fulano me mató llamándome insensato”. Por el contrario, los deportes bien observados, aumentarán extraordinariamente la resistencia física.
            Contra lo que pudiera creerse, se habrá olvidado lo que todavía se practica como medida higiénica en la alimentación. No se hervirán los alimentos ni se filtrará el agua ni se lavará la fruta. El organismo humano estará, casi absolutamente inmunizado para estos problemáticos peligros, y comerá la “porquería” que es indispensable para la salud.
            Es un error imperdonable creer que los hombres de mañana se alimenten de sustancias condensadas. Por el contrario, comerán carnes y verduras crudas y una cantidad enorme de pescados y mariscos. Nadie tendrá que tomar preparados de vitaminas ni tónico alguno. Casi toda la farmacología parecerá cosa de brujos y charlatanes. Se hablará de la terapéutica como hablaría el león salvaje, si pudiera.
            Las ciudades de ahora habrán sido totalmente derribadas. La humanidad habrá resuelto las terribles crisis de trabajo, construyendo ciudades nuevas. La alimentación se habrá unificado de una manera absoluta. No habrá mercados ni tiendas de comestibles. La alimentación será un servicio del Estado, el cual impondrá un “menú” con arreglo a sus posibilidades, al clima y a la estación. Se hablará del abastecimiento de comida, como ahora hablamos del de agua y energía eléctrica.
            La jornada de trabajo se habrá reducido a dos o tres horas. Los obreros serán de una elevada categoría intelectual. De entre ellos se formarán los investigadores industriales. Dispondrán de mucho tiempo para ilustrarse, pues ésta será su primordial obligación. El trabajo será como un deporte o un motivo de ocupación y convivencia. Apenas habrá médicos en los sanatorios y clínicas quirúrgicas. Cada ciudadano se tratará por sí mismo de las afecciones banales que todavía haya. Cuando se enferme del corazón o del sistema nervioso, será obligatorio el ingreso en los sanatorios, casi exclusivamente dedicados a estas dolencias. Los médicos serán investigadores al servicio del Estado.
            Los actuales avances del llamado feminismo habrán modificado muchos de los actuales postulados. El enorme auge de la vida intelectual habrá puesto de manifiesto las verdaderas diferencia de los sexos, hoy muy incompletamente determinadas.
            Las condiciones de la vida se habrán modificado de una manera tan radical, que los hombres se desplazarán con una facilidad fantástica de un hemisferio a otro. Las condiciones climatológicas se habrán uniformado artificialmente, y se podría ir del Ecuador al polo en unas horas, sin mudarse de ropa. Los baños de limpieza serán sólo accidentales, pues la gente no tendrá, apenas, ocasión de ensuciarse. La juventud buscará las ocasiones de solazarse bajo la lluvia, como ahora las busca bajo un cielo despejado, pues se habrá perdido por completo el horror al agua que caracterizó a la humanidad hasta el siglo XX. Nadie usará abrigos ni ropa de invierno. El organismo humano, como el de todos los seres de la naturaleza, habrá recuperado los mecanismos propios de regulación de la temperatura corporal. Se usarán unas telas parecidas a las que usan los árabes, que servirán para hacer vestidos muy simples y uniformes. Los hombres de entonces se reirán de la puerilidad de nuestras modas, como nos podemos mofar nosotros de las plumas de los salvajes. Las mujeres habrán olvidado sus artes de tocador y todos rendirán un profundo respeto a las formas naturales. Únicamente se modificarán, por procedimientos científicos, aquellas particularidades, como el color, la talla, etcétera, que disientan del canon normotípico, y esto por lo que tengan de síntomas de alguna predisposición o defecto congénitos.
            La cirugía, en cambio, apenas habrá progresado, pues será poco menos que inútil. Ya que su misión se reduce a remediar las deficiencias que hoy no están al alcance de la medicina, la cirugía habrá vuelto a su condición de meramente artesana y subalterna. El arte de operar quedará casi limitado a los accidentes traumáticos. Eso sí, habrá alcanzado una gran perfección técnica; los anestésicos serán perfectos, y ya no habrá hemorragias ni complicaciones de ningún género.
            Se habrá llegado a la perfección en cuanto a los intentos actuales de prolongación de la vida, que se pondrán en práctica desde la edad juvenil. Se llegará muy fácilmente a los 100 años; pero nunca podrá el hombre torcer el curso de la naturaleza para evitar la muerte.

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