domingo, 3 de abril de 2016

Manifiesto olvidado de Alejo Carpentier: "Lo real maravilloso" (1949), por Juan Simeran

De lo real maravilloso, un ensayo del escritor cubano Alejo Carpentier (1904-1980) publicado inicialmente como prólogo de la primera edición de El reino de este mundo (1949) y completado en el año 1967 como parte de Tientos y diferencias, libro publicado en Montevideo, ilumina aspectos de la literatura fantástica que interpelan en forma asombrosamente actual el devenir de la producción contemporánea de ciencia ficción.

El hurgar en bateas de libros usados, escudriñar en soñolientas bibliotecas de barrio, o husmear estanterías de parientes fallecidos, si bien parece el decálogo del perfecto depresivo, suele deparar gratas sorpresas. Para expresarlo en español clásico: garpa.
Como prólogo al sorprendente El reino de este mundo, novela primeriza del escritor cubano nacido en Suiza Alejo Carpentier, publicada en 1949, hay un texto que más bien es una declaración de principios literarios que mantiene hoy día una actualidad sorprendente. Nótese que la novela trata sobre la realidad de Haití, único país caribeño donde el Vudú, en sus versiones más radicalizadas y esotéricas, era practicado por la mayoría de la población, aún más que en Cuba o que en Nueva Orleans. Quizá, el hecho que Haití haya sido una isla física e idiomática (el creol, mezcla de siete dialectos africanos más francés y español, solo se hablaba allí) ayudó a teñir de secretismo la realidad haitiana. Entre otros portentos, se narra en la novela que un dictador mulato, Henri Christophe, tenía “ejércitos de muertos vivos”. Sí señores, los hoy ya archirreconocibles zombies, contextualizados en las creencias esotéricas africanas que les dieron su forma original. Antes del realismo mágico de García Márquez, antes del surrealismo de Cortázar, antes de Castaneda, cuando el Che Guevara era un ignoto rugbier porteño, antes de que las experiencias lisérgicas de Kerouac, Beatles y cía. cambiaran para siempre el modo de acercarse a lo fantástico en Occidente, cuando Sartre hacía piruetas dialécticas para despegarse apenas unos milímetros del dogmatismo férreo del Komitern soviético y Hemingway buscaba lo fantástico en las corridas de toros de España, Carpentier prologaba su primera novela en estos términos:
Después de sentir el nada mentido sortilegio de las tierras de Haití, de haber hallado advertencias mágicas en los caminos rojos de la Meseta Central, de haber oído los tambores del Petro y del Rada, me vi llevado a acercar la maravillosa realidad recién vivida a la agotante pretensión de suscitar lo maravilloso que caracterizó ciertas literaturas europeas de estos últimos treinta años. Lo maravilloso, buscado a través de los viejos clisés de la selva de Brocelianda, de los caballeros de la mesa redonda, del encantador Merlín y del ciclo de Arturo. Lo maravilloso, pobremente sugerido por los oficios y deformidades de los personajes de feria. Lo maravilloso, obtenido con trucos de prestidigitación, reuniéndose objetos que para nada suelen encontrarse: la vieja y embustera historia del encuentro fortuito del paraguas y la máquina de coser, los caracoles en el taxi pluvioso, la cabeza de león en la pelvis de una viuda, de las exposiciones surrealistas. O, todavía, lo maravilloso literario: el rey de la Julieta de Sade, el supermacho de Jarry, el monje de Leis, la utilería escalofriante de la novela negra inglesa: fantasmas, sacerdotes emparedados, licantropías, manos clavadas sobre la puerta de un castillo.
Carpentier con Cortázar
Pero, a fuerza de querer suscitar lo maravilloso a todo trance, los taumaturgos se hacen burócratas. Invocando por medio de fórmulas consabidas que hacen de ciertas pinturas un monótono baratillo de relojes amelcochados, de maniquíes de costurera, de vagos monumentos fálicos, lo maravilloso se queda en paraguas o langosta o máquina de coser o lo que sea, sobre una mesa de disección, en el interior de un cuarto triste, en un desierto de rocas. Pobreza imaginativa, decía Unamuno, es aprenderse los códigos de memoria. Y hoy existen códigos de lo fantástico, basados en el principio de un burro devorado por un higo, propuestos por los Cantos de Maldoror como suprema inversión de la realidad (…)”
Stop. Luego de atravesar semejante andanada de fuego a discreción, es necesario detenerse a respirar un poco. En veinte líneas, el primerizo Carpentier se carga la novela negra inglesa, el surrealismo francés, destroza explícitamente a la vaca sagrada Dalí y embate contra el neo-medioevalismo sajón de  rasgos inequívocos aún hoy día en la serie Harry Potter. No escatima conceptos denigrantes, entre los que sobresale “burócratas”, o sea: sale con los tapones de punta, y repite la palabra “maravilloso” siete veces, si no contamos la palabra “fantástico”. Pero a mí me emociona cómo inicia esta diatriba: “Después de sentir el nada mentido sortilegio de las tierras de Haití…”. Sentir. Carpentier no vio, ni estudió, ni investigó. Carpentier sintió. ¿Con qué siente un escritor? ¿Con los ojos, con el olfato, con la mente, o con todo su ser, con todo lo que es, fue y será? El acertadísimo uso de ese verbo, da sustancia y justifica lo que sigue a continuación:
“Pero obsérvese que cuando André Masson quiso dibujar la selva de la isla de la Martinica, con el increíble entrelazamiento de sus plantas y la obscena promiscuidad de ciertos frutos, la maravillosa verdad del asunto devoró al pintor, dejándolo poco menos que impotente frente al papel en blanco. Y tuvo que ser un pintor de América, el cubano Wilfredo Lam, quien nos enseñara la magia de la vegetación tropical, la desenfrenada creación de formas de nuestra naturaleza ―con todas sus metamorfosis y simbiosis―, en cuadros monumentales de una expresión única en la pintura contemporánea”
Carpentier sale al ruedo, como quien no quiere la cosa tilda de “impotentes” a los artistas europeos, baja la cornamenta, embate y clava su estocada mortal:

            “Pero es que muchos se olvidan, con disfrazarse de magos a poco costo, que lo maravilloso comienza a serlo de manera inequívoca cuando surge de una inesperada alteración de la realidad (el milagro), de una revelación privilegiada de la realidad, de una iluminación inhabitual o singularmente favorecedora de las inadvertidas riquezas de la realidad, de una ampliación de las escalas y categorías de la realidad, percibidas con particular intensidad en virtud de una ‘exaltación del espíritu’ que lo conduce a un modo de estado límite. Para empezar, la sensación de lo maravilloso presupone una fe”.
Acá la palabra “realidad” se repite cinco veces en siete líneas, en mezcla explosiva con los conceptos de milagro, exaltación del espíritu, estado límite, y fe. Casi casi conceptos más místicos que literarios. Si nos concentramos sólo en este párrafo, ¿no podría haber estado suscripto por Philip Dick? ¿Qué otra cosa es la buena ciencia ficción que lo planteado en este párrafo? ¿Algún decálogo de escritor de género definió con tanta justeza la delicada imbricación entre lo real y lo fantástico? (piénsese en el espantoso decálogo “Yo creo” de Ballard, una larga sarta de lugares comunes). Leyendo este párrafo, ¿no se ajusta de manera maravillosa a lo mejor de Bioy, Ray Bradbury, Orwell? A continuación Carpentier ejemplifica con contundencia:
“Prodigiosamente fidedignas resultan ciertas frases de Rutilio en Los trabajos de Persiles y Segismunda, porque en tiempos de Cervantes se creía en gentes aquejadas de manía lupina. Marco Polo admitía que ciertas aves volaran llevando elefantes entre las garras, y Lutero vio de frente al demonio a cuya cabeza arrojó un tintero. Víctor Hugo, tan explotado por los tenedores de libros de lo maravilloso, creía en aparecidos, porque estaba seguro de haber hablado, en Guernesey, con el fantasma de Leopoldina”
Y ahora, señores, la frutilla del postre:
“A van Gogh le bastaba tener fe en el girasol para fijar su revelación en una tela”
¿Tener fe en el girasol? ¿De qué diablos habla, cómo se puede tener fe en una cosa? Ahora bien, luego de vibrar junto a los colores del infinito campo de girasoles de Van Gogh, ¿qué buscaba Van Gogh con sus girasoles? ¿asestar un efecto estético? ¿o él mismo había logrado fundirse a los girasoles?
“De ahí que lo maravilloso invocado en el descreimiento ―como lo hicieron los surrealistas durante tantos años― nunca fue sino una artimaña literaria, tan aburrrida al prolongarse, como cierta literatura onírica ‘arreglada’, ciertos elogios de la locura, de los que estamos muy de vuelta”
Arreglada… ¿o sea que se puede arreglar el efecto literario como una pelea amañada de boxeo, donde fuera del cuadrilátero se decide qué boxeador cae y en qué round? ¿Y qué otra cosa es la literatura donde el autor cede de buen grado a la tentación de los golpes de efecto, preferentemente bajos? Un poco de ecología, otro de feminismo, algo de sexualidades diversas, se mezcla en la salsa de la corrección política mechada de Hi-Tec e voilá: la mesa está servida.
“Hay escasa defensa para poetas y artistas que loan el sadismo sin practicarlo, admiran al supermacho por impotencia, invocan espectros sin creer que responden a los ensalmos y fundan sociedades secretas, sectas literarias, grupos vagamente filosóficos, con santos y señas y arcanos fines, sin ser capaces de concebir una mística válida ni de abandonar los más mezquinos hábitos para jugarse el alma sobre la temible carta de una fe”.
Jugarse el alma sobre la temible carta de una fe… coño. El que no sale corriendo a escribir una novela luego de leer esa frase es que tiene la sangre de horchata. “Sectas literarias”… ¿You talkin’ to me?
“Esto se me hizo particularmente evidente durante mi permanencia en Haití, al hallarme en contacto cotidiano con algo que podríamos llamar lo real maravilloso. Pisaba yo una tierra donde millares de hombres ansiosos de libertad creyeron en los poderes licantrópicos de Mackandal, a punto de que esa fe colectiva produjera un milagro el día de su ejecución. Conocía ya la historia prodigiosa de Bouckman, el iniciado jamaiquino. Había estado en la Ciudadela de La Ferrière, obra sin antecedentes arquitectónicos, únicamente anunciada por las Prisiones Imaginarias de Piranesi. Había respirado la atmósfera creada por Henri Christophe, monarca de increíbles empeños, mucho más sorprendente que todos los reyes crueles inventados por los surrealistas, muy afectos a tiranías imaginarias, aunque no padecidas. A cada paso hallaba lo real maravilloso. Pero pensaba, además, que esa presencia y vigencia de los real maravilloso no era privilegio único de Haití, sino patrimonio de América entera, donde todavía no se ha terminado de establecer, por ejemplo, un recuento de cosmogonías”.
Año 1949 y año 2016: han pasado… ¡67 años!, y establecer el recuento de cosmogonías americanas es una tarea pendiente. En Bolivia, Ecuador y Perú recién ahora han surgido los primeros Estados bilingües, mientras que en esta parte del continente, la palabra “bilingüe” aún remite a la capacidad de expresarse en inglés…
“Lo real maravilloso se encuentra a cada paso en las vidas de hombres que inscribieron fechas en la historia del continente y dejaron apellidos aún llevados, desde los buscadores de la fuente de la eterna juventud, de la áurea ciudad de Manoa, hasta ciertos rebeldes de la primera hora o ciertos héroes modernos de nuestras guerras de independencia de tan mitológica raza como la coronela Juana Azurduy.
“Hay un momento en el sexto canto de Maldoror, en que el héroe, perseguido por toda la policía del mundo, escapa adoptando el aspecto de animales diversos y haciendo uso de su don de transportarse instantáneamente a Pekín, Madrid o San Petersburgo. Esto es Literatura Maravillosa en pleno. Pero en América, donde no se había escrito nada semejante, existió un Mackandal dotado de los mismos poderes por la fe de sus contemporáneos, y que alentó, con esa magia, una de las sublevaciones más dramáticas y extrañas de la historia. De Maldoror, sólo quedó una escuela literaria de vida efímera. De Mackandal el americano, en cambio, ha quedado toda una mitología, acompañada de himnos mágicos, que aún se cantan en las ceremonias del Vudú.”
© 2016 Juan Simeran

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