viernes, 13 de mayo de 2016

"La ciudad del siglo XXX", Justo S. López de Gomara

En las publicaciones argentinas del siglo XIX hay numerosos relatos de ciencia-ficción. “La ciudad del siglo XXX” fue publicado en la colección de cuentos Locuras humanas, aparecida en Buenos Aires en 1886. Su autor era el periodista español Justo S. López de Gomara (Madrid, 1859-Buenos Aires, 1923), quien residió en Argentina desde 1880 hasta su muerte. El relato narra en su primera parte cómo nuestro país se convirtió en potencia para el Centenario, y algunas cosas curiosas que sucedieron después. Las ilustraciones son originales, realizadas por Hermoso.


I

Estamos en el año de gracia de 1920.
            No se crea que esto de llamarle año de gracia sea una reminiscencia del siglo XIX. No: es más bien una reivindicación.
            Entonces se llamaba así a muchos años que no han dejado en la Historia sino recuerdos infaustos, y a este año feliz de 1920 debe llamársele de gracia, por estricta justicia.
            El país que mejor representa los progresos y el desarrollo a que la humanidad ha llegado, es la antigua República Argentina, de la que se envanece el siglo, de la misma manera que se envaneció el pasado con los Estados Unidos de Norte-América.
            He dicho la antigua República Argentina, porque bajo el punto de vista político-social se ha verificado tal cambio, que no la reconocen los que recuerdan su estado allá por 1886.
            Después de sus cambios presidenciales tempestuosos, que la sumían en honda crisis comercial y económica cada seis años, sucedió al fin, por extraño fenómeno o por soberano designio de la Providencia, que vino a triunfar un candidato combatido por los elementos oficiales con todos los medios lícitos e ilícitos a su alcance. Subido al poder por la verdadera voluntad del país, gobernó con tal actividad y provechosa iniciativa, prescindiendo de la mezquina administración de familia, que en el primer año pasó la inmigración de un millón de individuos, aumentado en los sucesivos en progresión geométrica.
            Consigno estos ligeros apuntes históricos, para los pocos que en el mundo no conozcan el desarrollo maravilloso de este organismo social.
            El caso es que, como debo ser imparcial, forzoso me es declarar que el presidente en cuestión no dejó de enriquecerse por eso; pero lo entendió mejor que sus antecesores. Haciendo una fortuna colosal, mayor que la de todos ellos, enriqueció a la vez al país y a cuantos lo habitaban, hasta tal punto que no hubo quien no lo diera por bien empleado y merecido.
            Este hecho dejó establecido como axioma, que aun para favorecer los intereses personales de los que mandan, no hay cosa mejor que la actividad y la franca entrada en el rápido progreso, dejando a todos abiertas sus puertas; ni peor que el estrecho egoísmo, que todo lo reduce, atrasa y acapara.

            Ya antes de expirar el último siglo habíamos oscurecido a los famosos Estados Unidos del Norte, y contaba la República Argentina con cerca de cuarenta millones de habitantes, que aun eran poco menos que un grano de anís para su inmenso territorio.
            Las minas de oro y plata, cuya explotación se hizo facilísima en cuanto el presidente citado multiplicó como por magia las comunicaciones; el incalculable número de fábricas que ocupan millones de brazos, inundando con sus productos sin rival el mundo entero; las industrias de todas clases establecidas por todas partes, no fueron lo único que contribuyera a lanzar al país en tan vertiginoso desenvolvimiento, ni a atraer a su seno tan considerable inmigración. El más poderoso resorte que se tocó al efecto, fueron las sabias leyes que se dictaron, por las que, prescindiendo de ridículos celos y temores, se concedieron derechos de ciudadanos sin humillaciones denigrantes, a todo el que de buena fe quiso dar al país el fruto de su actividad e inteligencia. Y aunque después de esto, aun por veces se enconó de nuevo la vieja llaga de las revoluciones, fueron bien diversas que hace un cuarto de siglo; pues obedeció una de ellas a querer el pueblo elegir para presidente a un pariente del que dejaba de serlo, y empeñarse éste en que no había de ser así por no creerlo moral, digno ni conveniente para las instituciones democráticas, hasta el punto que hubieron de venir a las manos, el pueblo por satisfacer sus deseos y el presidente por impedir el entronizamiento de su propia familia. Murió en la lucha el presidente, al frente de sus soldados, y se le hicieron solemnes honras, como digno ciudadano.
            Después, aparte de la gran revolución moral con que se despidió el siglo XIX, derrumbando todas las antiguas preocupaciones y filosofías, que como es natural encontró en el país uno de los suelos más feraces para sus semillas, no ha habido más excesos que lamentar que la revolución territorial que, respondiendo a una necesidad imprescindible y absoluta de la población que se había aglomerado, puso fin al antiguo obstáculo de que una sola mano reuniera la propiedad de inmensas zonas de terreno. Hubo resistencia y lucha de parte de los propietarios, convertidos en señores feudales; pero le puso fin la muerte de cuatro o cinco recalcitrantes, y, encontrando sobrada compensación lo que a buenas o a malas se sometieron a la ley del progreso y de la época, todo volvió a quedar en paz dentro de la nueva organización de la propiedad.
            La división en los múltiples Estados que componen hoy la Confederación del Plata, vino por sus pasos contados y por la lógica de los acontecimientos.
            La población acudía espontáneamente a los lugares más a propósito para establecerse, colocando el plante de las que hoy son magníficas ciudades, bien a orillas de algunos grandes ríos, todos ya canalizados, o próximo a los grandes veneros descubiertos a la naturaleza.
            Así se han formado con asombrosa rapidez, siguiendo el ejemplo que dio La Plata, residencias espléndidas en que se acumulan increíbles maravillas, creadas por el genio del hombre para su comodidad y satisfacción de sus necesidades.
            En este estado, era imposible que pudiera subsistir la centralización monstruosa a que equivalía la gran extensión de las antiguas provincias, una vez debidamente pobladas, con una sola capital, y vino la subdivisión consiguiente, que produjo en los primeros momentos disgustos y temores entre los pusilánimes y rutinarios; pero que no tardó en dejar ver hasta qué punto era conveniente para la rapidez de su progreso.
            No tengo para qué, ni es mi objeto, escribir la geografía de la Confederación Argentina, que hoy conocen hasta los sabios de Europa, tan ignorantes de ella en el otro siglo; por lo que diré tan sólo que hoy la componen cincuenta Estados, gobernados cada uno como mejor le parece, los cuales mandan sus representantes al Parlamento que representa la Nación, y que es el que gobierna, eligiendo anualmente su presidente y ministros, que son sólo sus mandatarios, limitándose a hacer lo que se les ordena.
            Se evita así el entronizamiento de personalidad alguna y la ambición del puesto; y en cuanto a la objeción que pusieron los reaccionarios de que en un año no podía un presidente darse siquiera cuenta de su posición, se les respondió triunfalmente recordándoles que él no era quien había de gobernar, sino ser simplemente el brazo del Parlamento, el que, por los hombres honrados, ilustrados y prácticos que lo componían, sabría escoger, en todos los casos, lo más conveniente para el país. Así ha sido en efecto, hasta el punto de que no hay en él mayorías ni minorías regimentadas, sino que éstas se forman espontáneamente, cuando llega el momento de votar, haciéndolo cada cual con arreglo a su criterio absolutamente independiente.
            La última cuestión ruidosa que se ha tratado fue la propuesta de unos ciudadanos pidiendo el privilegio exclusivo para el establecimiento de una línea directa y regular de globos entre la Confederación y Europa, y después de larga discusión, la propuesta no obtuvo más voto que el del señor presidente, decidiendo el Parlamento que no debía concederse privilegio alguno de esta naturaleza, porque ya en el siglo pasado se decía “Tan libre como el aire”, y no sería lógico que fuésemos más atrasados que entonces.
            Los representantes se eligen por el verdadero sufragio popular, pues como cada uno de los Estados tiene, con pocas variantes, la misma organización que el Gobierno nacional, no hay quien pueda ejercer coacciones e imposiciones que, además, serían imposibles por no tolerarlas los ciudadanos, celosos de sus derechos, hoy que comprenden que está en su respeto el secreto de la prosperidad común.
            Dicho si está que aquella vieja práctica de las aduanas y fronteras está relegada al catálogo de las aberraciones humanas, y que no comprendemos cómo nuestros padres pusieron a su propio progreso tan grave obstáculo, y que, a fuerza de ser interesados y ansiosos de recursos, ellos mismos se limitasen unos y otros con tan erróneo criterio.
            Pero no debía haberme extendido tanto en relatar a la ligera lo que no hay quien ignore desde que todo ciudadano sabe leer y escribir. Mi objeto no fue sino presentar el escenario en que ha tenido lugar un suceso tan extraño como ignorado y que por casualidad me encuentro en situación de revelar al público.
            Vamos al asunto.



II

unque la ciudad de Equis, situada en uno de los Estados del Sur, era de esas formadas a la imprevista y casi toda de madera, cada día se introducía en ella un nuevo adelanto, como si allí se hubieran reunido los hombres de mayor actividad e ingenio.
            Ya era una ciudad encantada en que los más poderosos y terribles elementos de la naturaleza habían sido convertidos en dóciles sirvientes del hombre, por lo que ningún forastero entraba en ella sin cierto respetuoso terror, que poco a poco desaparecía con la costumbre. Por su manera extraña de vivir y su familiaridad con el dominio de la naturaleza por medio de la ciencia, aquellas gentes parecían pertenecer a otra raza superior.
            Sin embargo, en sus progresos en cuanto constituye la ciencia urbana, habían tropezado, además de la carencia de materiales sólidos para la edificación, con un obstáculo que no era otro que ellos mismos, es decir, sus cuerpos cuando la vida concluía. ¿Qué harían de los cadáveres? Éste era el problema que preocupaba a los habitantes de Equis.
            Mas no era posible que quedase mucho tiempo sin resolución, y, al fin, un industrial descubrió la manera de desechar los cementerios, ideando algo que apresuraba la descomposición de los cadáveres, convirtiéndolos en útiles en vez de perjudiciales que eran antes, y zanjando de un golpe los dos inconvenientes únicos que habían encontrado los equiscenses.
            La idea fue recibida con gran entusiasmo, como todo progreso en aquella ciudad.
            Consistía en establecer una fabricación múltiple y no sin complicaciones, en que la materia prima eran los cadáveres.
            El cuerpo humano no es, como sabe cualquiera, sino un conjunto de oxígeno, cal, amoníaco, sosa, potasa, fósforo, magnesia, hierro y otros cuerpos químicos en estado de sales, cloruros, clorhidratos, sulfatos, carbonatos, fosfatos, etc.
            La materia humana no puede ser, pues, más rica en sustancias perfectamente utilizables para mil usos del comercio, con la sola condición de someterla a sabias combinaciones que permitan obtenerlas en un estado conveniente.
            Esto es lo que había descubierto el industrial de Equis por medio de procedimientos que siento no poder revelar, porque, como se verá en el curso de esta historia, se llevó su secreto y cuantos pudieran conocerlo.
            Es el hecho que llegó a perfeccionar tanto su sistema y era tal la cantidad de cadáveres que recibía de todo el Estado, que no tardó en llenar inmensos depósitos de muchos artículos útiles e indispensables.
            La ciudad que, como hemos dicho, había sido hasta entonces casi toda de madera, empezó a construirse con aquellos materiales que podríamos llamar humanos: ladrillos de hombre, cal de esqueletos, etc., supliendo lo que faltaba en el cuerpo humano con inteligentes combinaciones que daban el resultado apetecido, y era tal la baratura con que podían venderse aquellos originales artículos que no había quien no los empleara.
            Nuevas aplicaciones iba encontrando paso a paso aquella atrevida industria; como si el cuerpo humano, en que la naturaleza ha reunido todas sus maravillas, quisiera probar la inmensa riqueza que encierra en las entrañas y la difícil fórmula que en él ha concentrado el Gran Químico.
            El aprovechamiento, digámoslo así, de los cadáveres, llegó a proporcionar hasta baratísimo gas de alumbrado; pues fue operación fácil dar dirección, distribuir y acondicionar, en cuanto a combustión y claridad, los que escapaban de los cuerpos al hacer separación y extracción de sus elementos.
            Indudablemente, si cualquier hijo de siglos anteriores, incluso del XIX, hubiera penetrado en aquellos talleres y laboratorios en que la muerte se convertía en vida; en que se evitaba todo el peligro producido por los antihigiénicos almacenamientos de cuerpos en corrupción, acelerando la obra natural de la descomposición y dándole un fin útil, a fuerza de ser grande y sublime el espectáculo, no lo habría comprendido, encontrándolo infernal, horrible, repugnante y altamente inmoral.
            Sin embargo, aquello era conmovedor y grandioso.
            Nunca la humanidad se acercó tanto a la Divinidad en la concepción de sus ideas, ni en la realización de sus obras. ¡Qué elevadas esferas no abre al vigoroso vuelo de la inteligencia humana, si se medita un poco profundamente, el descubrimiento de la ciudad de Equis!...
            Puesto que la separación del alma y del cuerpo es hasta hoy una solución inevitable, y creo lo sea eternamente para bien de nosotros mismos, pues sin morir nada seríamos, ni ningún mérito y valor tendría nuestra vida, nada más hermoso y moral, desde que se acepte, con la resignación de un hombre digno, el destino de su propia condición, que el procedimiento empleado en la ciudad de que nos ocupamos.
            Era aquello la muerte cobijando la vida, las familias viviendo en el seno de sus miembros difuntos, cuyos cadáveres entregaban, recibiendo aquella materia convertida en materiales útiles. Los muertos, en fin, formaban el hogar de los vivos. ¡Qué mejor manera de realizar las aspiraciones de los unos y de los otros oyendo la voz de sus afectos! ¡Qué mejor fórmula para representar la unión estrecha de las sociedades y la obligación de mutua utilidad que todos traemos a su seno!
            Aquello era realmente grandioso y había ejercido también gran influencia y progreso moral en los habitantes de Equis… Se habían formado una manera de ser especial; comprendían sus fines con mayor elevación, abnegación y desinterés; trabajaban con mayor afán y afrontaban los peligros con mayor heroísmo, viviendo, en fin, satisfechos como quien tiene seguro que su vida no será perdida, y sí siempre útil a su patria y a su familia, aún después de la muerte.
            ¡La muerte! Allí su temor no era traba ni obstáculo para la actividad humana, en ninguna de sus manifestaciones útiles; y las gentes, en vez de decir con el temblor y la tristeza del siglo pasado: “Cuando yo me muera”, exclamaban sencillamente: “Cuando yo os dé luz”, “Cuando mi cuerpo os alumbre”, frases que, por sí solas, dejan comprender la diferente apreciación del suceso, la opuesta situación de los espíritus.
            ¡Y aquello sí que era la patria! ¡aquello sí que era el verdadero hogar! Porque no lo componían piedras frías, ni barros amasados que pueden encontrarse en cualquier parte, se abandonan sin cariño y se sustituyen sin reparo. ¡No! Aquellas casas eran los cuerpos de los seres queridos, unidos en uno solo y formando realmente el templo sagrado del amor y de la familia. Acercándose a aquellos muros se sentía el calor de la circulación y las caricias de la carne.
            Mas por la osadía de sus apreciaciones y concepciones, por la altura moral a que se elevaba el hombre, se acercaba a Dios demasiado.
            Esto no podía durar.
            Los vivos vivían satisfechos y regenerados; pero los muertos, que no se habían dado cuenta de su transformación, se fueron poco a poco serenando y formando idea de lo que les pasaba.
            Así, un día sucedió en Equis algo extraordinario: las casas empezaron a moverse, las rejas a hervir y agitarse como sangre que circula; y como el temor común reuniera a todos los vecinos en la plaza pública, donde se elevaba un soberbio monumento costeado por la municipalidad y hecho con los cuerpos de los ciudadanos beneméritos, se escuchó la voz de estos, de manera que se oía clara y distinta la de cada uno de ellos, con su timbre especial, a pesar de no formar más que una sola que decía: “No temáis, compatricios. Habéis fundado una gran ciudad resolviendo un problema trascendental, cuya resolución no estaba asignada a este siglo en las leyes del progreso humano. Dios no quiere que se trastornen esas leyes, y como castigo a vuestra osadía, a la vez que como recompensa a vuestro genio, labor e iniciativa, todos nosotros nos hemos animado y os arrastramos por el espacio, donde permaneceréis perdidos durante diez siglos. Cuando se cumplan, descenderemos de nuevo al planeta, para ocupar el mismo lugar de que os hemos arrancado y ser la ciudad modelo del trigésimo siglo.

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No sé qué impresión produciría en los vivos este discurso ni qué contestarían, porque ya andaban por el vacío cuando debieron haberlo manifestado; pero es de suponer que continuarán satisfechos y contentos por esos mundos, y que para ser dignamente la ciudad modelo del siglo XXX, plantearán aún nuevos y más sorprendentes progresos.
            Lo cierto es que en el Estado del Sur y en el lugar donde estaba la ciudad de Equis, hay ahora un gran hundimiento en el terreno, que deja ver bien claro que de allí se arrancado de raíz todo un pueblo, y que en balde se ha procurado rellenar.
            Para el año 3000, allí podrá encontrarse la maravilla de que he dado ligerísima idea.
            Si alguno no lo cree, espérese hasta entonces para desmentirme.


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