martes, 16 de febrero de 2021

La lluvia de fuego: evocación de un descarnado de Gomorra, por Leopoldo Lugones

Leopoldo Lugones
Leopoldo Lugones (1874-1938) fue la figura dominante de la literatura argentina en las primeras décadas del siglo XX. Narrador, poeta, ensayista y político, entre sus libros más conocidos están Lunario sentimental (1909), La guerra gaucha (1905), Cuentos fatales (1926) y Las fuerzas extrañas (1906). Este último reúne cuentos fantásticos y de ciencia-ficción, en una gama que va desde lo extraño maravilloso hasta aquellos que buscan un respaldo en una explicación racional científica, al menos para la ciencia de aquella época. “La lluvia de fuego” pertenece a este libro y, partiendo de la leyenda bíblica de Gomorra, construye una de las narraciones fantásticas más perfectas de la literatura argentina.




LA LLUVIA DE FUEGO

Evocación de un desencarnado de Gomorra

Leopoldo Lugones

 

Y tornaré el cielo de hierro y la tierra de cobre.

Levítico, XXVI-19.

 

Recuerdo que era un día de sol hermoso, lleno del hormigueo popular, en las calles atronadas de vehículos. Un día asaz cálido y de tersura perfecta.

Desde mi terraza dominaba una vasta confusión de techos, vergeles salteados, un trozo de bahía punzado de mástiles, la recta gris de una avenida...

A eso de las once cayeron las primeras chispas. Una aquí, otra allá —partículas de cobre semejantes a las morcellas de un pábilo; partículas de cobre incandescente que daban en el suelo con un ruidecito de arena. El cielo seguía de igual limpidez; el rumor urbano no decrecía. Únicamente los pájaros de mi pajarera cesaron de cantar.

Casualmente lo había advertido, mirando hacia el horizonte en un momento de abstracción. Primero creí en una ilusión óptica formada por mi miopía. Tuve que esperar largo rato para ver caer otra chispa, pues la luz solar anegábalas bastante; pero el cobre ardía de tal modo, que se destacaban lo mismo. Una rapidísima vírgula de fuego, y el golpecito en la tierra. Así, a largos intervalos.

Debo confesar que al comprobarlo, experimenté un vago terror. Exploré el cielo en una ansiosa ojeada. Persistía la limpidez. ¿De dónde venía aquel extraño granizo? ¿Aquel cobre? ¿Era cobre?...
Acababa de caer una chispa en mi terraza, a pocos pasos. Extendí la mano; era, a no caber duda, un gránulo de cobre que tardó mucho en enfriarse. Por fortuna la brisa se levantaba, inclinando aquella lluvia singular hacia el lado opuesto de mi terraza. Las chispas eran harto ralas, además. Podía creerse por momentos que aquello había ya cesado. No cesaba. Uno que otro, eso sí, pero caían siempre los temibles gránulos.

En fin, aquello no había de impedirme almorzar, pues era el mediodía. Bajé al comedor atravesando el jardín, no sin cierto miedo de las chispas. Verdad es que el toldo, corrido para evitar el sol, me resguardaba...

¿Me resguardaba? Alcé los ojos; pero un toldo tiene tantos poros, que nada pude descubrir.

En el comedor me esperaba un almuerzo admirable; pues mi afortunado celibato sabía dos cosas sobre todo: leer y comer. Excepto la biblioteca, el comedor era mi orgullo. Ahíto de mujeres y un poco gotoso, en punto a vicios amables nada podía esperar ya sino de la gula. Comía solo, mientras un esclavo me leía narraciones geográficas. Nunca había podido comprender las comidas en compañía; y si las mujeres me hastiaban, como he dicho, ya comprenderéis que aborrecía a los hombres.

¡Diez años me separaban de mi última orgía! Desde entonces, entregado a mis jardines, a mis peces, a mis pájaros, faltábame tiempo para salir. Alguna vez, en las tardes muy calurosas, un paseo a la orilla del lago. Me gustaba verlo, escamado de luna al anochecer, pero esto era todo y pasaba meses sin frecuentarlo.

La vasta ciudad libertina era para mí un desierto donde se refugiaban mis placeres. Escasos amigos; breves visitas; largas horas de mesa; lecturas; mis peces; mis pájaros; una que otra noche tal cual orquesta de flautistas, y dos o tres ataques de gota por año...

Tenía el honor de ser consultado para los banquetes, y por ahí figuraban, no sin elogio, dos o tres salsas de mi invención. Esto me daba derecho —lo digo sin orgullo— a un busto municipal, con tanta razón como a la compatriota que acababa de inventar un nuevo beso.
Entre tanto, mi esclavo leía. Leía narraciones de mar y de nieve, que comentaban admirablemente, en la ya entrada siesta, el generoso frescor de las ánforas. La lluvia de fuego había cesado quizá, pues la servidumbre no daba muestras de notarla.

De pronto, el esclavo que atravesaba el jardín con un nuevo plato, no pudo reprimir un grito. Llegó, no obstante, a la mesa; pero acusando con su lividez un dolor horrible. Tenía en su desnuda espalda un agujerillo, en cuyo fondo sentíase chirriar aún la chispa voraz que lo había abierto. Ahogámosla en aceite, y fue enviado al lecho sin que pudiera contener sus ayes.

Bruscamente acabó mi apetito; y aunque seguí probando los platos para no desmoralizar a la servidumbre, aquélla se apresuró a comprenderme. El incidente me había desconcertado.

Promediaba la siesta cuando subí nuevamente a la terraza. El suelo estaba ya sembrado de gránulos de cobre; mas no parecía que la lluvia aumentara. Comenzaba a tranquilizarme, cuando una nueva inquietud me sobrecogió. El silencio era absoluto. El tráfico estaba paralizado a causa del fenómeno, sin duda. Ni un rumor en la ciudad. Sólo, de cuando en cuando, un vago murmullo de viento sobre los árboles. Era también alarmante la actitud de los pájaros. Habíanse apelotonado en un rincón, casi unos sobre otros. Me dieron compasión y decidí abrirles la puerta. No quisieron salir; antes se recogieron más acongojados aún. Entonces comenzó a intimidarme la idea de un cataclismo.

Sin ser grande mi erudición científica, sabía que nadie mencionó jamás esas lluvias de cobre incandescente. ¡Lluvias de cobre! En el aire no hay minas de cobre. Luego aquella limpidez del cielo no dejaba conjeturar la procedencia. Y lo alarmante del fenómeno era esto. Las chispas venían de todas partes y de ninguna. Era la inmensidad desmenuzándose invisiblemente en fuego. Caía del firmamento el terrible cobre —pero el firmamento permanecía impasible en su azul. Ganábame poco a poco una extraña congoja; pero, cosa rara: hasta entonces no había pensado en huir. Esta idea se mezcló con desagradables interrogaciones. ¡Huir! ¿Y mi mesa, mis libros, mis pájaros, mis peces que acababa precisamente de estrenar un vivero, mis jardines ya ennoblecidos de antigüedad, mis cincuenta años de placidez, en la dicha del presente, en el descuido del mañana?...

¿Huir? . . . Y pensé con horror en mis posesiones (que no conocía) del otro lado del desierto, con sus camelleros viviendo en tiendas de lana negra y tomando por todo alimento leche cuajada, trigo tostado, miel agria...

Quedaba una fuga por el lago, corta fuga después de todo, si en el lago como en el desierto, según era lógico, llovía cobre también; pues no viniendo aquello de ningún foco visible, debía ser general.

No obstante el vago terror que me alarmaba, decíame todo eso claramente, lo discutía conmigo mismo, un poco enervado a la verdad por el letargo digestivo de mi siesta consuetudinaria. Y después de todo, algo me decía que el fenómeno no iba a pasar de allí. Sin embargo, nada se perdía con hacer armar el carro.

En ese momento llenó el aire una vasta vibración de campanas. Y casi junto con ella, advertí una cosa: ya no llovía cobre. El repique era una acción de gracias, coreada casi acto continuo por el murmullo habitual de la ciudad. Ésta despertaba de su fugaz atonía, doblemente gárrula. En algunos barrios hasta quemaban petardos.

Acodado al parapeto de la terraza, miraba con un desconocido bienestar solidario la animación vespertina que era todo amor y lujo. El cielo seguía purísimo. Muchachos afanosos recogían en escudillas la granalla de cobre, que los caldereros habían empezado a comprar. Era todo cuanto quedaba de la grande amenaza celeste.

Más numerosa que nunca, la gente de placer coloría las calles; y aun recuerdo que sonreí vagamente a un equívoco mancebo, cuya túnica recogida hasta las caderas en un salto de bocacalle, dejó ver sus piernas glabras, jaqueladas de cintas. Las cortesanas, con el seno desnudo según la nueva moda, y apuntalado en deslumbrante coselete, paseaban su indolencia sudando perfumes. Un viejo lenón erguido en su carro manejaba como si fuese una vela una hoja de estaño, que con apropiadas pinturas anunciaba amores monstruosos de fieras: ayuntamientos de lagartos con cisnes; un mono y una foca; una doncella cubierta por la delirante pedrería de un pavo real. Bello cartel, a fe mía; y garantida la autenticidad de las piezas. Animales amaestrados por no sé qué hechicería bárbara, y desequilibrados con opio y con asafétida.

Seguido por tres jóvenes enmascarados pasó un negro amabilísimo, que dibujaba en los patios, con polvos de colores derramados al ritmo de una danza, escenas secretas. También depilaba al oropimente y sabía dorar las uñas.

Un personaje fofo, cuya condición de eunuco se adivinaba en su morbidez, pregonaba al son de crótalos de bronces, cobertores de un tejido singular que producía el insomnio y el deseo. Cobertores cuya abolición habían pedido los ciudadanos honrados. Pues mi ciudad sabía gozar, sabía vivir. Al anochecer recibí dos visitas que cenaron conmigo. Un condiscípulo jovial, matemático cuya vida desarreglada era el escándalo de la ciencia, y un agricultor enriquecido. La gente sentía necesidad de visitarse después de aquellas chispas de cobre. De visitarse y de beber, pues ambos se retiraron completamente borrachos. Yo hice una rápida salida. La ciudad, caprichosamente iluminada, había aprovechado la coyuntura para decretarse una noche de fiesta. En algunas cornisas, alumbraban perfumando, lámparas de incienso. Desde sus balcones, las jóvenes burguesas, excesivamente ataviadas, se divertían en proyectar de un soplo a las narices de los transeúntes distraídos, tripas pintarrajeadas y crepitantes de cascabeles. En cada esquina se bailaba. De balcón a balcón cambiábanse flores y gatitos de dulce. El césped de los parques palpitaba de parejas.

Regresé temprano y rendido. Nunca me acogí al lecho con más grata pesadez de sueño.

Desperté bañado en sudor, los ojos turbios, la garganta reseca. Había afuera un rumor de lluvia. Buscando algo, me apoyé en la pared, y por mi cuerpo corrió como un latigazo el escalofrío del miedo. La pared estaba caliente y conmovida por una sorda vibración. Casi no necesité abrir la ventana para darme cuenta de lo que ocurría.

La lluvia de cobre había vuelto, pero esta vez nutrida y compacta. Un caliginoso vaho sofocaba la ciudad; un olor entre fosfatado y urinoso apestaba el aire Por fortuna, mi casa estaba rodeada de galerías y aquella lluvia no alcanzaba las puertas.

Abrí la que daba al jardín. Los árboles estaban negros, ya sin follaje; el piso, cubierto de hojas carbonizadas. El aire, rayado de vírgulas de fuego, era de una paralización mortal; y por entre aquéllas se divisaba el firmamento, siempre impasible, siempre celeste.

Llamé, llamé en vano. Penetré hasta los aposentos famularios. La servidumbre se había ido. Envueltas las piernas en un cobertor de viso, acorazándome espaldas y cabeza con una bañera de metal que me aplastaba horriblemente, pude llegar hasta las caballerizas. Los caballos habían desaparecido también. Y con una tranquilidad que hacía honor a mis nervios, me di cuenta de que estaba perdido.

Afortunadamente, el comedor se encontraba lleno de provisiones; su sótano, atestado de vinos. Bajé a él. Conservaba todavía su frescura; hasta su fondo no llegaba la vibración de la pesada lluvia, el eco de su grave crepitación. Bebí una botella, y luego extraje de la alacena secreta el pomo de vino envenenado. Todos los que teníamos bodega poseíamos uno, aunque no lo usáramos ni tuviéramos convidados cargosos. Era un licor claro e insípido, de efectos instantáneos.

Reanimado por el vino, examiné mi situación. Era asaz sencilla. No pudiendo huir, la muerte me esperaba; pero con el veneno aquél, la muerte me pertenecía. Y decidí ver eso todo lo posible, pues era, a no dudarlo, un espectáculo singular. ¡Una lluvia de cobre incandescente! ¡La ciudad en llamas! Valía la pena.

Subí a la terraza, pero no pude pasar de la puerta que daba acceso a ella. Veía desde allá lo bastante, sin embargo. Veía y escuchaba. La soledad era absoluta. La crepitación no se interrumpía sino por uno que otro ululato de perro, o explosión anormal. El ambiente estaba rojo; y a su través, troncos, chimeneas, casas, blanqueaban con una lividez tristísima. Los pocos árboles que conservaban follaje retorcíanse, negros, de un negro de estaño. La luz había decrecido un poco, no obstante de persistir la limpidez celeste. El horizonte estaba, esto sí, mucho más cerca, y como ahogado en ceniza. Sobre el lago flotaba un denso vapor, que algo corregía la extraordinaria sequedad del aire.

Percibíase claramente la combustible lluvia, en trazos de cobre que vibraban como el cordaje innumerable de un arpa, y de cuando en cuando mezclábanse con ella ligeras flámulas. Humaredas negras anunciaban incendios aquí y allá.

Mis pájaros comenzaban a morir de sed y hube de bajar hasta el aljibe para llevarles agua. El sótano comunicaba con aquel depósito, vasta cisterna que podía resistir mucho al fuego celeste; mas por los conductos que del techo y de los patios desembocaban allá, habíase deslizado algún cobre y el agua tenía un gusto particular, entre natrón y orina, con tendencia a salarse. Bastóme levantar las trampillas de mosaico que cerraban aquellas vías, para cortar a mi agua toda comunicación con el exterior.

Esa tarde y toda la noche fue horrendo el espectáculo de la ciudad. Quemaba en sus domicilios, la gente huía despavorida, para arderse en las calles en la campiña desolada; y la población agonizó bárbaramente, con ayes y clamores de una amplitud, de un horror, de una variedad estupendos. Nada hay tan sublime como la voz humana. El derrumbe de los edificios, la combustión de tantas mercancías y efectos diversos, y más que todo, la quemazón de tantos cuerpos, acabaron por agregar al cataclismo el tormento de su hedor infernal. Al declinar el sol, el aire estaba casi negro de humo y de polvaredas. Las flámulas que danzaban por la mañana entre el cobre pluvial, eran ahora llamaradas siniestras. Empezó a soplar un viento ardentísimo, denso, como alquitrán caliente. Parecía que se estuviese en un inmenso horno sombrío. Cielo, tierra, aire, todo acababa. No había más que tinieblas y fuego. ¡Ah, el horror de aquellas tinieblas que todo el fuego, el enorme fuego de la ciudad ardida no alcanzaba a dominar; y aquella fetidez de pingajos, de azufre, de grasa cadavérica en el aire seco que hacía escupir sangre; y aquellos clamores que no sé cómo no acababan nunca, aquellos clamores que cubrían el rumor del incendio, más vasto que un huracán, aquellos clamores en que aullaban, gemían, bramaban todas las bestias con un inefable pavor de eternidad!...

Bajé a la cisterna, sin haber perdido hasta entonces mi presencia de ánimo, pero enteramente erizado con todo aquel horror; y al verme de pronto en esa oscuridad amiga, al amparo de la frescura, ante el silencio del agua subterránea, me acometió de pronto un miedo que no sentía –estoy seguro– desde cuarenta años atrás, el miedo infantil de una presencia enemiga y difusa; y me eché a llorar, a llorar como un loco, a llorar de miedo, allá en un rincón, sin rubor alguno.

No fue sino muy tarde, cuando al escuchar el derrumbe de un techo, se me ocurrió apuntalar la puerta del sótano. Hícelo así con su propia escalera y algunos barrotes de la estantería, devolviéndome aquella defensa alguna tranquilidad; no porque hubiera de salvarme, sino por la benéfica influencia de la acción. Cayendo a cada instante en modorras que entrecortaban funestas pesadillas, pasé las horas. Continuamente oía derrumbes allá cerca. Había encendido dos lámparas que traje conmigo, para darme valor, pues la cisterna era asaz lóbrega. Hasta llegué a comer, bien que sin apetito, los restos de un pastel. En cambio bebí mucha agua.

De repente mis lámparas empezaron a amortiguarse, y junto con eso el terror, el terror paralizante esta vez, me asaltó. Había gastado, sin prevenirlo, toda mi luz, pues no tenía sino aquellas lámparas. No advertí, al descender esa tarde, traerlas todas conmigo.

Las luces decrecieron y se apagaron. Entonces advertí que la cisterna empezaba a llenarse con el hedor del incendio. No quedaba otro remedio que salir; y luego, todo, todo era preferible a morir asfixiado como una alimaña en su cueva.

A duras penas conseguí alzar la tapa del sótano que los escombros del comedor cubrían...

...Por segunda vez había cesado la lluvia infernal. Pero la ciudad ya no existía. Techos, puertas, gran cantidad de muros, todas las torres yacían en ruinas. El silencio era colosal, un verdadero silencio de catástrofe. Cinco o seis grandes humaredas empinaban aún sus penachos; y bajo el cielo que no se había enturbiado ni un momento, un cielo cuya crudeza azul certificaba indiferencias eternas, la pobre ciudad, mi pobre ciudad, muerta, muerta para siempre, hedía como un verdadero cadáver.

La singularidad de la situación, lo enorme del fenómeno, y sin duda también el regocijo de haberme salvado, único entre todos, cohibían mi dolor reemplazándolo por una curiosidad sombría. El arco de mi zaguán había quedado en pie y asiéndome de las adarajas pude llegar hasta su ápice.

No quedaba un solo resto combustible y aquello se parecía mucho a un escorial volcánico. A trechos, en los parajes que la ceniza no cubría, brillaba con un bermejor de fuego, el metal llovido. Hacia el lado del desierto, resplandecía hasta perderse de vista un arenal de cobre. En las montañas, a la otra margen del lago, las aguas evaporadas de éste condensábanse en una tormenta. Eran ellas las que habían mantenido respirable el aire durante el cataclismo. El sol brillaba inmenso, y aquella soledad empezaba a agobiarme con una honda desolación cuando hacia el lado del puerto percibí un bulto que vagaba entre las ruinas. Era un hombre, y habíame percibido ciertamente, pues se dirigía a mí.

No hicimos ademán alguno de extrañeza cuando llegó, y trepando por el arco vino a sentarse conmigo. Tratábase de un piloto, salvado como yo en una bodega, pero apuñaleando a su propietario. Acababa de agotársele el agua y por ello salía.

Asegurado a este respecto, empecé a interrogarlo. Todos los barcos ardieron, los muelles, los depósitos; y el lago habíase vuelto amargo. Aunque advertí que hablábamos en voz baja, no me atreví —ignoro por qué— a levantar la mía.

Ofrecíle mi bodega, donde quedaban aún dos docenas de jamones, algunos quesos, todo el vino...

De repente notamos una polvareda hacia el lado del desierto. La polvareda de una carrera. Alguna partida que enviaban, quizá, en socorro, los compatriotas de Adama o de Seboim.

Pronto hubimos de sustituir esta esperanza por un espectáculo tan desolador como peligroso.

Era un tropel de leones, las fieras sobrevivientes del desierto, que acudían a la ciudad como a un oasis, furiosos de sed, enloquecidos de cataclismo.

La sed y no el hambre los enfurecía, pues pasaron junto a nosotros sin advertirnos. ¡Y en qué estado venían! Nada como ellos revelaba tan lúgubremente la catástrofe.

Pelados como gatos sarnosos, reducida a escasos chicharrones la crin, secos los ijares, en una desproporción de cómicos a medio vestir con la fiera cabezota, el rabo agudo y crispado como el de una rata que huye, las garras pustulosas, chorreando sangre —todo aquello decía a las claras sus tres días de horror bajo el azote celeste, al azar de las inseguras cavernas que no habían conseguido ampararlos.

Rondaban los surtidores secos con un desvarío humano en sus ojos, y bruscamente reemprendían su carrera en busca de otro depósito, agotado también, hasta que sentándose por último en torno del postrero, con el calcinado hocico en alto, la mirada vagorosa de desolación y de eternidad, quejándose al cielo, estoy seguro, pusiéronse a rugir.

Ah... nada, ni el cataclismo con sus horrores, ni el clamor de la ciudad moribunda era tan horroroso como ese llanto de fiera sobre las ruinas. Aquellos rugidos tenían una evidencia de palabra. Lloraban quién sabe qué dolores de inconsciencia y de desierto a alguna divinidad obscura. El alma sucinta de la bestia agregaba a sus terrores de muerte, el pavor de lo incomprensible. Si todo estaba lo mismo, el sol cotidiano, el cielo eterno, el desierto familiar, ¿por qué se ardían y por qué no había agua?... Y careciendo de toda idea de relación con los fenómenos, su horror era ciego, es decir, más espantoso. El transporte de su dolor elevábalos a cierta vaga noción de provenencia, ante aquel cielo de donde había estado cayendo la lluvia infernal; y sus rugidos preguntaban ciertamente algo a la cosa tremenda que causaba su padecer. Ah... esos rugidos, lo único de grandioso que conservaban aún aquellas fieras disminuidas: cual comentaban el horrendo secreto de la catástrofe; cómo interpretaban en su dolor irremediable la eterna soledad, el eterno silencio, la eterna sed...

Aquello no debía durar mucho. El metal candente empezó a llover de nuevo, más compacto, más pesado que nunca.

En nuestro súbito descenso, alcanzamos a ver que las fieras se desbandaban buscando abrigo bajo los escombros.

Llegamos a la bodega, no sin que nos alcanzaran algunas chispas; y comprendiendo que aquel nuevo chaparrón iba a consumar la ruina, me dispuse a concluir.

Mientras mi compañero abusaba de la bodega —por primera y última vez, a buen seguro—decidí aprovechar el agua de la cisterna en mi baño fúnebre; y después de buscar inútilmente un trozo de jabón, descendí a ella por la escalinata que servía para efectuar su limpieza.
Llevaba conmigo el pomo de veneno, que me causaba un gran bienestar apenas turbado por la curiosidad de la muerte.

El agua fresca y la oscuridad, me devolvieron a las voluptuosidades de mi existencia de rico que acababa de concluir. Hundido hasta el cuello, el regocijo de la limpieza y una dulce impresión de domesticidad, acabaron de serenarme.

Oía afuera el huracán de fuego. Comenzaban otra vez a caer escombros. De la bodega no llegaba un solo rumor. Percibí en eso un reflejo de llamas que entraban por la puerta del sótano, el característico tufo urinoso... Llevé el pomo a mis labios, y...

martes, 9 de febrero de 2021

Verne apócrifo, por Luis Pestarini

 

Daguerrotipo de Verne de 1852, poco conocido.

Jules Gabriel Verne (1828-1905) habitualmente es considerado, junto a H. G. Wells y Mary Shelley, como uno de los padres de la ciencia ficción. La inmensa popularidad de Verne (comparable a las de Dumas padre y de Victor Hugo) condujo a numerosas maquinaciones comerciales, en gran parte producidas por su editor, J. Hetzel, y su hijo Michel, que llevaron a la publicación bajo su nombre de obras que no le pertenecían o con las que estaba livianamente relacionado. Algunos casos de autoría confusa fueron aclarados por investigadores literarios en fecha muy reciente. A continuación ofrecemos una lista, probablemente incompleta, de los apócrifos de Julio Verne.

Prodigieuse découverte et ses incalculables conséquences sur les destinées du monde [Un descubrimiento prodigioso]. Publicado por J. Hetzel bajo el nombre de X. Nagrien en 1867. Hasta 1966 fue considerada como obra de Verne, pero la investigadora Simone Vierne determinó que X. Nagrien en realidad era el seudónimo de Francois-Armand Audoin.

L’Épave du Cynthia. Publicada bajo los nombres de Verne y André Laurie (seudónimo de Paschal Grousset, 1844-1909), fue escrita en 1884. Verne sólo hizo una validación del texto de Grousset, pero el editor Hetzel agregó el nombre de Verne como coautor.

Le phare du bout du monde [El faro del fin del mundo]. Basada en una novela de Verne, fue ampliamente modificada por su hijo Michel y el editor Jules Hetzel. Fue publicada por primera vez en forma seriada en 1905, año de la muerte de Verne padre.

Le volcan d’or. Una obra en dos volúmenes, publicada en 1906, basada en una obra de Julio Verne pero extensamente reescrita por su hijo Michel.

L’Agence Thompson and Co.: un voyage économique [La agencia de viajes Thompson y cia]. Dos volúmenes, escritos completamente por Michel, publicados por primera vez en 1907.

La chasse au météore [La caza del meteoro]. Basado en una novela de Verne padre, fue ampliamente modificada por su hijo Michel. Publicada en 1908.

Le pilote du Danube. Basada en una novela del padre (Le beau Danube jaune), modificada por su hijo Michel. Publicada en 1908.

Les naufragés du ‘Jonathan’. Dos volúmenes basados en una novela de Julio Verne (En Magellanie), modificada por su hijo Michel. Publicada en 1909.

Le secret de Wilhelm Storitz [El hombre invisible o el secreto de Wilhelm Storitz]. Basada en una novela de Julio Verne, modificada por Michel. Fue publicada por primera vez en 1910.

L’étonnante aventure de la mission Barsac [La misión Barsac]. Originalmente en dos volúmenes, está basada en dos novelas planeadas por Verne padre pero escritas por su hijo Michel. Publicada en forma seriada en 1914, y en libro por primera vez en 1919.

Cuentos

“Un cauchemar”. “Manoeuvres”. “Intelligences”. “Délits fantastiques”. Firmados por X. Nagrien (ver Prodigieuse découverte et ses incalculables conséquences sur les destinées du monde), fueron inicialmente atribuidos a Verne. Publicados en 1869.

“Quarantième ascension francaise au Mont-Blanc”, escrito por Paul Verne, hermano de Michel, en 1871.

“La traversée de la Manche en 1895”, por Michel Verne. La primera edición, en 1888, aparece firmada por Michel, pero meses después en la revista La confiance (Paris) la firma M. Jules Verne (el nombre del hijo era Michel Jules Verne, un uso intencionalmente confuso).

“Zizgats à travers la science”, por Michel Verne. Publicado en 1888, es una serie de artículos.

“Un express de l’avenir” (“Un expreso del futuro”), por Michel Verne. Publicado en 1888. (“Un expreso del futuro”.

“L’éternel Adam” [“El eterno Adán”], por Michel Verne. Está basada en Edom, de Julio Verne, y fue publicado en 1910.

“La destinée de Jean Morénas”, por Michel Verne. Publicado en 1910, está basado en Pierre-Jean.

“De Rotterdam à Copenhague à bord du yacht à vapeur Saint-Michel”, por Paul Verne, publicado por primera vez en 1881.

sábado, 21 de noviembre de 2020

Las colecciones de ciencia ficción (II): Cronos, de Ediciones Destino, por Luis Pestarini

 


En 1988, Ediciones Destino, empresa dedicada principalmente a publicar literatura española contemporánea, clásica y libros de texto universitarios, lanzó la colección Cronos dedicada a la ciencia ficción. La presentación de los volúmenes intentó conjugar seriedad y formalidad, rasgos de la editorial, con la modernidad implicada en el mismo género, logrando diferenciarse dentro de un mercado de gran competencia. La dirección literaria estuvo a cargo de Domingo Santos (seudónimo de Pedro Domingo Mutiñó, 1941-2018), principal promotor del género en España en las últimas tres décadas del siglo pasado, quien no sólo dirigió, a veces en colegiatura, otras veces sólo, la revista Nueva Dimensión, sino también varias colecciones de libros, incluso en simultáneo en distintas editoriales que competían en el mismo mercado, como Acervo y Ultramar, convirtiéndose en un fenómeno muy particular. Las traducciones fueron realizadas íntegramente por el mismo Santos (tal vez lo más flojo de la colección) y las tiradas iniciales rondaban los 4.000 ejemplares. A pesar de que su actividad se extendió por cinco años, sólo publicó 18 títulos, con una media de calidad respetable y con la particularidad de que sólo uno de los libros fue reeditado posteriormente por otra editorial. En términos generales, la línea temática es la característica de Santos: literatura de ideas, a veces con pretensiones literarias, y un fuerte acento en la crítica y la sátira de la sociedad contemporánea. Osciló entre la presentación de autores clásicos y modernos —otra característica de las colecciones de Santos—, e incluyó algunos de sus autores fetiche, como Herbert, Harrison y Pohl.

         Cronos es una colección poco conocida dentro del género, con un puñado de títulos destacados, mientras que el resto forma parte del inmenso sustrato de calidad media del género. En la actualidad, la mayoría de sus volúmenes son difíciles de localizar.

 

1. Herbert, Frank. Estrella flagelada (Whipping Star, 1977) 1988. 272 p.


Herbert (1920-1986) era un escritor muy popular a fines de los ochenta, lo que explica que una novela suya abriera la colección. Además, era un escritor con pretensiones: no le bastaba con realizar una pintoresca e intrigante descripción de un mundo —Dune— sino que quería también presentar su pensamiento filosófico y sus consideraciones sobre el medio ambiente. Estrella flagelada, primera de las dos novelas que constituyen la serie ‘Dosadi’, que quedó a la sombra de ‘Dune’,  se presenta como una novela de intriga y, a la vez, como un intento de comprensión de lo otro, lo ajeno a lo humano. Y si tiene éxito en lo primero, bajo la forma de las aventuras de un diplomático/agente/mediador que debe evitar una tragedia de alcance estelar, en lo segundo no tanto, pues lo extraño termina siendo más bien confuso. El experimento Dosadi pertenece a la misma serie.

 

2. Silverberg, Robert. Gilgamesh el rey (Gilgamesh the King, 1984) 1988. 408 p.

El poema épico que narra la epopeya de Gilgamesh, legendario rey sumerio que gobernó hace casi cinco mil años, es uno de los textos literarios más antiguos de la humanidad. En él se cuentan las aventuras fantásticas del rey en su búsqueda de la inmortalidad, y su conflictiva relación con los dioses. Narrada en primera persona por el mítico monarca, Gilgamesh el rey es probablemente la mejor novela de Silverberg (1935) tras su intervalo creativo en la segunda mitad de los setenta. De esta novela hay una edición especial limitada, realizada para el día del libro de 1988, autografiada por el autor.

 

3. Harrison, Harry. Al oeste del Edén (West of Eden, 1984) 1988. 577 p.

La novela se desarrolla en un universo alternativo en el cual los dinosaurios no se extinguieron tras un cataclismo planetario, sino que una de sus especies, la yilané, desarrolló inteligencia y terminó por dominar gran parte del mundo. La acción tiene lugar cuando esta raza entra en contacto por primera vez con los humanos, que aún se encuentran en su prehistoria. La matriarcal cultura yilané es descrita con detalle e ingenio, pero la novela, primera de una trilogía que puede incluirse en el mismo nicho literario que las grandes series donde se crean mundos autocontenidos como Dune, Heliconia o Majipur, termina siendo un estimulante pero fallido ensayo, pues apuesta a una pretensión de realismo social que colisiona con lo inverosimil del mundo. La trilogía de Edén es la obra más ambiciosa de Harry Harrison (1925-2012).

 

4. Benford, Gregory. Contra el infinito (Against Infinity, 1983) 1989. 282 p.

Ganímedes, una de las lunas de Júpiter, está sometida a un proceso de terraformación por el hombre. Allí se dirige un equipo cuya misión es cazar a algunas criaturas que, diseñadas para facilitar la terraformación, se han vuelto peligrosas. Ésta es la historia de Manuel López, un muchacho de 13 años, hijo de uno de estos cazadores, y de su paso a la adultez. Benford (1941) es uno de los escritores más sobrevalorados del género y fue acusado en varias ocasiones de plagiar argumentos (ver artículo de José De Ambrosio en Cuásar n° 18). En esta ocasión, el argumento, reconvertido en ciencia ficción, se parece mucho a “El oso” de William Faulkner. Así y todo, fue finalista del premio Nebula.

 


5. Herbert, Frank. El experimento Dosadi (The Dosadi Experiment, 1977) 1989. 390 p.

Volvemos al universo de Estrella flagelada, con el mismo protagonista, Jorj X. McKie, mediador en conflictos entre razas alienígenas. En esta ocasión, unos alienígenas quieren deshacer un experimento de supervivencia que ha costado muchas vidas y que éticamente es muy reprochable. Herbert se enreda en consideraciones morales y filosóficas (que, además, son expuestas en un juicio, institución que, parece creer el autor, va a extenderse por el universo), y también en una intriga ajedrecística donde cada rival pretende adivinar toda una serie de movimientos del contrincante. Nada parece ajustarse muy bien en esta novela.

 

6. Levin, Ira. Este día perfecto (This Perfect Day, 1970) 1989. 389 p.

En la tradición de 1984 y Un mundo feliz, Este día perfecto narra la rebelión de un muchacho en una sociedad del futuro gobernada por una computadora que determina cada actividad de los miembros de ese mundo, a los que mantiene bajo el influjo de drogas. Levin (1929-2007) fue un autor de libros populares y frecuentemente llevados al cine (El bebé de Rosemary y Los niños del Brasil, por ejemplo) que supo incursionar en la ciencia ficción y el fantástico con frecuencia. Este día perfecto es, como toda su obra, una literatura directa y moralista, que sorprende con algunos apuntes que sugieren una globalización todavía ni soñada pero que queda muy a la sombra de distopías clásicas como las ya mencionadas.

 

7. Harrison, Harry. Invierno en Edén (Winter in Eden, 1986) 1989. 472 p.

Continuación directa del volumen anterior de la serie. Se acerca una nueva era glacial y los dinosaurios deben prepararse para enfrentarla en medio de sus conflictos con los humanos. Harrison se dedica a explorar un poco más el mundo que creó, pero la historia pierde atractivo y su lectura es más ardua.

 

8. Davies, Paul. Bola de fuego (Fireball, 1987) 1989. 285 p.

Davies (1946) es un físico especializado en gravedad cuántica que, además de una destacada actividad como investigador y académico, escribió libros populares de divulgación científica. Nada sorpresivamente, ésta es una novela cuyos protagonistas son físicos que investigan una serie de hechos muy extraños, la aparición de la nada y con consecuencias calamitosas sobre el mundo de las bolas de fuego del título. Es la única novela escrita por Davies, más entretenida de lo que podría esperarse, pero finalmente inofensiva.

 

9. Benford, Gregory; Greenberg, Martin H., comp. Hitler victorioso: once


historias sobre la victoria alemana en la II Guerra Mundial
(Hitler Victorious, 1986) 1990. 395 p. Contiene: Hitler victorioso (prólogo), Norman Spinrad. Dos destinos, C. M. Kornbluth. La caída de Frenchy Steiner, Hilary Bailey. Carretera sin destino, Greg Bear. Weihnachtsabend, Keith Roberts. Thor se enfrenta al capitán América, David Brin. Luna de hiel, Brad Linaweaver. La paz del Reich, Sheila Finch. Nunca nos encontraremos de nuevo, Algis Budrys. ¿Oís llorar a los niños?, Howard Goldsmith. Transmisiones enemigas, Tom Shippey. Valhalla, Gregory Benford.

Las antologías de universos alternativos, donde algún hecho histórico no tuvo lugar o aconteció de un modo distinto, fueron una moda en los Estados Unidos a fines de los ochenta y principios de los noventa. Hitler victorioso combina relatos escritos especialmente para el libro con otros publicados tan temprano como en la década del cincuenta. El tema, por supuesto, es un lugar común desde El hombre en el castillo, pero la antología tiene algunos relatos de auténtico interés, como los de Roberts, Bailey, Brin, Kornbluth y Budrys.

 

10. Moorcock, Michael. He aquí el hombre (Behold the Man, 1969) 1990. 199 p.

Si hay una historia que representa la culminación de la new wave como movimiento revulsivo de lo establecido, ése es este relato que, en su versión corta, obtuvo el premio Nebula en 1966. Karl Grogauer, neurótico, misógino, jungiano y con complejo mesiánico, está obsesionado por saber si Jesús es una verdad histórica o una leyenda. Para resolver esto viaja en una máquina del tiempo a Nazareth en el año 28, pero descubre que Jesús es poco más que un imbécil, y se ve arrastrado a reemplazarlo. Moorcock (1939) cuestiona a las dos grandes religiones de Occidente; por mucho menos, a Rushdie le dictaron una fatwa.

 

11. Sterling, Bruce. Islas en la red (Islands in the Net, 1988) 1990. 471 p.

Podría concebirse esta novela como el intento de Sterling (1954) de describir con más precisión y realismo el futuro sugerido por Gibson en Neuromante. Y a veces es sorprendente: en 1988 los servicios que ofrece Internet hoy eran más bien terreno de especulación, la globalización cultural y económica ni siquiera asomaba en los libros de ciencia ficción y el terrorismo informático era un concepto inexistente. Es un ejercicio muy interesante leer esta entretenida novela que, más allá de desaciertos también espectaculares (la Unión Soviética todavía es una potencia mundial en 2023), demuestra que la ciencia ficción puede ser terreno muy productivo para las especulaciones predictivas de índole cultural y social, tanto como tecnológicas.

 

12. Harrison, Harry. Regreso a Edén (Return to Eden, 1989) 1990. 422 p.

La tercera y última entrega de la serie se centra en la relación entre un yilané y un humano que se crió entre los dinosaurios, en el marco del conflicto entre saurios y mamíferos. Por lejos, el punto más bajo de la serie, e innecesario, pues no agrega nada a la historia.

 


13. Pohl, Frederik. El día que llegaron los marcianos (The Day the Martians Came, 1988) 1991. 336 p.

Una fallida expedición a Marte descubre que hubo vida allí y que todavía sobreviven algunos marcianos, seres apenas más inteligentes que animales. Este libro es una sátira ligera en torno a las reacciones del hombre ante lo extraño. El problema es que en realidad no es una novela sino un conjunto de cuentos escritos entre 1967 y 1988, con material complementario tratando de rellenar las fisuras. El resultado es muy desparejo, incluso desorientador, y muy menor en la producción de Pohl (1919-2013).

 

14. Wylie, Philip. El fin del sueño (The end of the dream, 1972) 1991. 310 p.

Esta novela publicada póstumamente tiene una bien ganada fama como uno de los primeros textos que advirtieron con fuerza sobre la consecuencia de la contaminación sobre el hábitat. A lo largo de su carrera literaria, Wylie (1902-1971) recurrió con frecuencia a la ciencia ficción para exponer los males de la sociedad industrial. La novela es una rabiosa advertencia sobre el deterioro del medio ambiente por la actividad humana, pero sus méritos concluyen en ese punto.

 

15. Heinlein, Robert A. Forastero en tierra extraña (Stranger in a Strange Land, 1961) 1991. 720 p.

La obra y la figura de Heinlein (1907-1988) provocan debate cada vez que son mencionadas, pero resultan inevitables cuando hablamos de la ciencia ficción del siglo XX. Mal acusado de fachista, en realidad Heinlein siempre exteriorizó una ideología ultraliberal y defensora del individualismo, abogando por la desaparición del estado en una postura que paradójicamente lo acercó al anarquismo. Forastero en tierra extraña es una novela emblemática, tanto por su postulación ideológica como por el lugar que ocupa en su propia obra. Los temas que plantea (libertad sexual, la opresión de las religiones institucionalizadas, el estado como represor de la libertad individual) adelantaron planteos de los movimientos contraculturales de los sesenta, que leyeron ampliamente la novela. Esta edición sigue la versión revisada por Virginia Heinlein, viuda del autor, en 1991, donde restablece 60.000 palabras eliminadas en sus primeras ediciones por requerimiento de los editores, que consideraron estos fragmentos demasiado provocativos. Contiene, además, una nota de Domingo Santos. La versión expurgada ganó el Premio Hugo en 1962.

 

16. Morrow, James. Su hija unigénita (Only Begotten Daughter, 1990) 1991. 374 p.

Ésta es otra novela sobre religión. Narra la vida de Julie Katz, la hija de Dios (hermana o medio hermana de Jesús), que es concebida espontáneamente a partir de una muestra en un banco de esperma. A diferencia de la novela de Moorcock, esta sátira nunca se muestra salvaje en su crítica a las religiones dogmáticas y a sus enfáticos defensores terrenales. Lamentablemente, la obra de Morrow (1947), que con frecuencia incursiona en este tema, es poco conocida en español. Su hija unigénita ganó el World Fantasy Award.

 

17. Spinrad, Norman. Mundo intermedio (A World Between, 1979) 1992.


396 p.

Mundo intermedio es una reflexión sobre los roles sexuales, el feminismo, los medios de comunicación y la democracia electrónica. En el planeta Pacifica, una sociedad humana en saludable equilibrio es amenazada por dos grupos de presión: los científicos trascendentales y las feministas lesbianas. Spinrad (1940) intenta satirizar estos movimientos, pero la sutileza nunca fue una de sus virtudes. La novela finalmente es poco sustancial, superficial y hoy bastante controvertida.

 

18. Datlow, Ellen, comp. Sexo alienígena (Alien Sex, 1990) 1992. 314 p. Contenido: Prólogo: Extraños atractores, William Gibson. Su peludo rostro, Leigh Kennedy. Esposa de guerra, Rick Wilber. ¿Cómo es la vida nocturna en Cissalda?, Harlan Ellison. El íncubo de Jamesburg, Scott Baker. Hombre de acero, mujer de kleenex, Larry Niven. La primera vez, K. W. Jeter. El niño podrido de la jungla pasa de todo, Philip José Farmer. Maridos, Lisa Tuttle. Cuando los padres aceptan, Bruce McAllister. Pollos bailarines, Edward Bryant. Rescate al borde de la carretera, Pat Cadigan. Omnisexual, Geoff Ryman. Todas mis queridas hijas, Connie Willis. Excitación, Richard Christian Matheson. Balanzas, Lewis Shiner. Salvando el mundo en el motel de la luna nueva, Roberta Lannes. Y desperté y me hallé aquí en el lado frío de la colina, James Tiptree Jr. Planos imagen, Michaela Roessner. Amor y sexo entre los invertebrados, Pat Murphy.

Contra lo que se podría pensar por el título del volumen, muchos de estos relatos no tratan sobre sexo sino más bien sobre las múltiples maneras en que se pueden relacionar seres de diferentes especies. Acertadamente, Datlow permite una gran variedad de acercamientos, desde el drama perturbador de Willis y Jeter hasta el humor ramplón de Niven. Conviene abordar esta antología inteligente y despareja sin esperar lo que promete el título.